a typewriter with a face drawn on it and a caption for the words opinion and a question, Edward Otho

Web Editor

Asústame, Panteón: ¿Amamos a los Monstruos?

Fui a una clase de yoga en Roma, CDMX. Un barrio bohemio, “woke” y (según algunos) gentrificado por nómadas digitales de Gringolandia. En la clase no hay código de vestimenta, la ropa debe ser cómoda y ya.

Reflexiones sobre mi guardarropa y héroes problemáticos

Pues, amigos, tuve que hacer una reflexión ante mi guardarropa. La mitad de mi ropa son playeras con temas geek: cómics, películas y demás. Saqué una al azar: el emblema de Hogwarts. O qué, Diosita, ¿qué estás tratando de decirme? ¿Me sentiría cómoda con una playera de la obra de la canceladísima J.K. Rowling? Soy necia y también periodista. Me puse la playera a ver si pasaba algo.

No pasó nada. Sin miradas, sin reclamos. Sólo una geek más. Pero mi reflexión ante mi clóset me puso a pensar: ¿Tenemos que pedir perdón por los héroes que hemos elegido? En los caminos de la vida se pisa mucha mierda, nuestros héroes nos hacen más leves la senda.

El problema con los ídolos problemáticos

Vienen a la cabeza varios ídolos problemáticos: los cineastas Roman Polanski y Woody Allen; los escritores pronazis Louis-Ferdinand Céline y Ezra Pound; o el propio Pablo Picasso, espíritu patronal de esta columna, un violentador de todas las mujeres que tuvieron la mala fortuna de pasar por su cama.

Nuestra mente colectiva los ha exaltado a lugares especiales, esos que sólo están separados para un puñado de seres humanos. Los amamos y cuando examinamos sus vidas los odiamos. Hasta nos sentimos culpables de disfrutar de su arte.

La cruzada de Rowling y la complejidad de los héroes

En esta actualidad en la que la información vuela en todas direcciones (el escenario en el que “the shit hits the fan” se va volviendo la norma), las figuras públicas no tienen dónde esconderse. Es tan fácil juzgarlos, cancelarlos, “funarlos”. Una era pesadilla para las oficinas de relaciones públicas. Pobrecitos.

Pienso de nuevo en Rowling. Su postura transfóbica no se la inventó nadie, no hizo falta rascar en su vida privada. Ella misma se ha convertido en una paladín contra la transexualidad, ha sido completamente vocal al respecto. Todo empezó con un tweet, una declaración en un asunto público de Reino Unido que no viene al caso recordar en detalle. Pronto Rowling emprendió la cruzada contra las mujeres trans y ha usado su fortuna conseguida con los libros de Harry Potter para impulsar su causa. Hace unas semanas consiguió una triunfo espectacular ante la Suprema Corte escocesa para evitar que a las mujeres trans se les considere mujeres en toda regla (como diría un biólogo rancio y reaccionario: las mujeres que reglan son las únicas mujeres).

Es triste porque estoy segura que muchos de los lectores que crecieron leyendo los libros de Rowling seguro fueron niños, niñas y niñes trans que sentían que un outcast como Harry Potter les representaba. Si Harry pudo triunfar, hacer amigos y ser finalmente feliz, ¿por qué ellos no? Muchos de esos niños trans estuvieron haciendo fila en librerías de todo el mundo en su medianoche local esperando que salieran a la venta los tomos finales de la saga (yo misma hice esa fila). Y Rowling los traicionó.

Neil Gaiman: Un hechicero con palabras y la sombra de sus acusaciones

También me puse a pensar en Neil Gaiman, otro de mis héroes. Gaiman es un hechicero con las palabras. Sus historias fantásticas me han acompañado desde los comienzos de este siglo, años finales de mi adolescencia. Cuando leí su novela American Gods supe que iba a leer toda la obra gaimaniana.

Es difícil rastrear a Gaiman porque escribe como un demonio que fuma cristal, desde cómics hasta guiones y artículos de opinión y no para, parece que ningún medio le es ajeno.

O era. Su fulgurante carrera, parece, se acabó hace unos meses. Un artículo en la revista Vulture lo destruyó. Mujeres que habían convivido con él lo acusaron de maneras muy vehementes de abuso sexual. El artículo es grotesco, muy gráfico, hay que leerlo con precaución. Si alguien sufrió abusos de ese tipo no recomiendo leerlo. Gaiman tiene un libro titulado Trigger Warning (traducido al español bajo el título *Material Sensible* y editado por Lumen), es cuando menos irónico que él mismo se haya convertido en una trigger warning.

El dilema de disfrutar del arte de un artista problemático

Así que un hombre que se presentaba a sí mismo como una voz inteligente y sensible en los temas más dolorosos como el abuso escolar y la discriminación, era ahora un depredador, una bestia del horror.

Gaiman no se ha podido levantar de la lona. Perdió su lugar en proyectos muy exitosos como la adaptación a serie de su novela Good Omens (escrita a cuatro manos con Terry Pratchett), que fue cortada en seco después de un par de temporadas. Lo mismo pasó con la adaptación The Sandman para Netflix, cancelada en la segunda temporada.

(Acá hay que hacer una pausa. Como dice la escritora Mariana Enríquez, *The Sandman* novela gráfica en diez tomos, es la obra de ficción más importante de la década del noventa. Dígannos exageradas a Enríquez y a mí pero esta es una colina que defenderé con mi pellejo. *The Sandman* es el trabajo de un genio, de un creador de pesadillas. De un artista en pleno éxtasis).

Hace unos días se estrenó una tanda de los últimos capítulos de la adaptación de *The Sandman* para Netflix. No he podido verla. Pero claro que la veré, sin culpa y sin miedo. Gaiman puede ser un hijo de la chingada, yo me quedo con sus palabras. Tengo miedo de sentir compasión por él y ser acusada de insensible; ese temor al juicio ajeno siempre existe. No queremos que se nos considere malas personas por interpósita persona. Habría que mandar muy lejos esas opiniones simplonas y maniqueas. Hay que tener compromisos en esta vida, y yo me lo echo con Gaiman y otros artistas cuyos trabajos han hecho mejor mi vida —o al menos más emocionante.

Preguntas y Respuestas Clave

  • ¿Por qué es tan complicado amar a figuras públicas que han cometido errores? Porque nos identificamos con su obra y las emociones que evoca, pero también somos conscientes de sus fallos.
  • ¿Es correcto cancelar a un artista que ha hecho daño? La cancelación es una herramienta, pero no siempre es la solución. El debate debe ser abierto y matizado.
  • ¿Es posible disfrutar de la obra de un artista que ha sido acusado? Depende del contexto y de cómo se gestione la situación.
  • ¿Qué significa “consumir” el arte de un artista problemático? Significa financiar su trabajo y, en cierto modo, perpetuar su legado.

Esta pregunta es abordada sin miedo por la periodista Claire Dededer en su libro Monster: a fan’s dilemma. Tenemos a nuestros monstruos héroes, y qué. Subirse al caballo de la autoridad moral… Ah, dice Dederer, quizá deberíamos observarnos a nosotros mismos; dejar de pensar que cancelar a una artista nos hace mejores personas y que admirarle nos hace ciegos. Pensamos que nuestros héroes nos definen moralmente. Quizá deberíamos pensarlo mejor.

Amar a Polanski no te hace violador, odiarlo no te hace el amo de la Justicia Eterna. Para Dederer, quien en su libro habla en primerísima persona sin esconderse en colectivos como “las mujeres”, “las feministas” o “el público y la crítica”, el conflicto debe ponerse en la mesa y las posiciones han de ser matizadas. Es correcto que nuestros héroes nos rompan el corazón en la vida real así como también nos enamoran con su arte.

No hay héroes impolutos. Ser un público adulto es entender esto. Si quiere el público, o cierta parte del público, únicamente disfrutar de artistas que son fuerzas morales al final nos quedaremos sin héroes, sin arte. Como concluye Dederer, si un artista regresa en espíritu a este mundo ingrato, esperemos que su persona sea tan dulce como es su arte. “We can only hope”, dice Dederer. Obra y artista en el mismo plano, ojalá. Pero si no: nos queda el arte. En algunos casos, el arte inmortal.