La Experiencia Personal y la Necesidad de Nombrar la Violencia
En septiembre de 2025, ingresé como pasante a un prestigioso despacho penal. Allí, además de mi función principal, formaba parte del área de género del despacho, un espacio que se presentaba como un compromiso público con la protección y acompañamiento de mujeres en situaciones de riesgo. Sin embargo, lo que encontré dentro reveló una profunda contradicción: mientras el despacho se comprometía públicamente con la justicia, las dinámicas internas reproducían la violencia que pretendían combatir. Esta experiencia me llevó a confrontar una realidad donde el poder se manifestaba de maneras sutiles y arraigadas, demostrando que la violencia no siempre es evidente ni se presenta de la manera que se espera.
Dinámicas Silenciosas y el Poder en las Instituciones
La confianza profesional se convirtió rápidamente en un recurso de poder. El ambiente, que se presentaba como “hospitalidad institucional”, se transformó en un espacio donde las mujeres debíamos adaptarnos, guardar silencio o agradecer por los espacios que nunca deberían haber sido condicionados. La dinámica se basaba en una jerarquía clara, donde la vulnerabilidad era un recurso que se utilizaba para ejercer control. La presión para “aceptar” la hospitalidad institucional era constante, y cualquier intento de establecer límites se encontraba con resistencia.
Un Invitado Inesperado y la Escalada de Presiones
Recibí una llamada de mi jefe directo, invitándome a una cena con un magistrado. Se presentó como “una oportunidad para conocer otro ángulo del litigio penal”. Acepté, esperando una experiencia académica y profesional. Sin embargo, la reunión, compuesta únicamente por hombres, pronto se convirtió en un espacio donde los asistentes sintieron la libertad de opinar sobre mi vida personal y mi relación sentimental. La atmósfera se volvió incómoda, y la línea entre el profesionalismo y las insinuaciones personales se difuminó. Después de horas, cuando los demás asistentes se retiraron, la situación escaló. Mi jefe propuso continuar la noche en un cuarto de hotel, con una botella de champaña “para conocerme mejor”. Ignoré sus insinuaciones y negué rotundamente. A pesar de la persistencia y las artimañas empleadas, se logró llevarme a su departamento. Allí, la presión continuó hasta que se me obligó a permanecer en el lugar, con la amenaza implícita de las consecuencias si no accedía.
El Silencio Impuesto y la Dificultad de Denunciar
Tras una serie de maniobras y una presión que me resultó difícil describir, se logró llevarme a su departamento. Allí, la insistencia en que permaneciera más tiempo continuó hasta que se me obligó a aceptar. Esta mezcla perversa de admiración profesional y vulnerabilidad jerárquica es el terreno donde opera el acoso sexual. El despacho, que se presentaba como un espacio comprometido con la justicia y el apoyo a las mujeres, no pudo garantizar mi seguridad ni respeto. Cuando tomé la decisión de irme, hubo quienes me instaron a hacerlo en silencio, con la cabeza baja, sin nombrar la razón de mi partida. Esta solicitud implicaba aceptar una derrota silenciosa, asumir que el acoso sexual que sufrí era mi responsabilidad y cargar con la culpa de no denunciarlo. El miedo a ser juzgada por mi silencio, a ser vista como la causante de la injusticia, era más fuerte que el deseo de denunciar la situación.
La Necesidad de Nombrar la Violencia y Desafiar las Dinámicas Silenciosas
Esta experiencia me llevó a cuestionar la naturaleza de la violencia y cómo se manifiesta en las instituciones. La violencia no siempre es evidente ni se presenta como la leemos o estudiamos; se manifiesta en prácticas cotidianas, en silencios institucionales y en dinámicas que se repiten sin cuestionamiento. El hecho de que el despacho, con un área de género tan visible, no pudiera garantizar mi seguridad ni respeto, demuestra que la violencia se perpetúa a través de estructuras y dinámicas arraigadas. El miedo a denunciar, la presión para mantener el silencio y la sensación de que la injusticia era mi responsabilidad eran barreras significativas. Esta experiencia me llevó a nombrar lo que viví, no como un acto personal, sino como una exigencia de que mi valor provenga de mi rigor como futura abogada y de que el respeto que reclamo me corresponda por todo lo que soy, y también por ser mujer, no a pesar de serlo. Esta denuncia busca desafiar las dinámicas silenciosas y la normalización de conductas que deberían ser inaceptables.
La Búsqueda de la Justicia y la Libertad
Albert Camus dijo que si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo. Yo deseo y exijo un mundo donde pueda ser libre con la justicia a mi lado. Un mundo donde la valentía sea una elección, no una reacción obligada frente a la violencia. Esta experiencia me reafirma en la importancia de luchar por un sistema legal que proteja a todas las personas, especialmente a las mujeres, y que promueva la igualdad y la justicia social. Es un llamado a desafiar las estructuras de poder que perpetúan la violencia y la desigualdad, y a construir un mundo donde el respeto, la dignidad y la justicia sean valores fundamentales.
- Pregunta: ¿Por qué es tan difícil denunciar el acoso sexual en entornos profesionales?
- Respuesta: Debido a la cultura de silencio, el miedo al juicio social y profesional, la falta de mecanismos de protección efectivos y la sensación de que denunciar solo empeorará la situación.
- Pregunta: ¿Qué tipo de instituciones son más propensas a perpetuar estas dinámicas?
- Respuesta: Los espacios profesionales con jerarquías de poder establecidas, donde la confianza se basa en relaciones personales y donde existe una cultura que normaliza el acoso o la violencia.
- Pregunta: ¿Cómo se puede cambiar esta situación?
- Respuesta: A través de la creación de mecanismos de protección efectivos, la promoción de una cultura del respeto y la igualdad, la formación en prevención y sensibilización, y el fomento de una cultura de denuncia y apoyo a las víctimas.



